Partir la vida

Celebrar y cuidar la Eucaristía como fuente de mi vocación, participando con frecuencia y dejando que Cristo parta mi vida para los demás.

 Hace un tiempo, después de una misa que precedía una interesante calçotada con un grupo de jóvenes, uno de ellos se me acercó con una pregunta muy sencilla, pero muy seria: «Padre, ¿qué cambia realmente cuando comulgamos?» La pregunta me descolocó un poco. Porque muchas veces participamos en la Eucaristía casi en automático: entramos, escuchamos, respondemos, nos acercamos a comulgar… y salimos de la iglesia con la sensación de que todo sigue igual. Pero basta escuchar bien una sola frase de la misa para darse cuenta de que ahí está pasando algo enorme. En el momento central de la Eucaristía se repiten las palabras de Jesús: «Tomad y comed: esto es mi cuerpo».

Durante mucho tiempo hemos puesto el acento sobre la segunda parte de la frase: «esto es mi cuerpo», sobre el pan transformado. Y está bien. Ahí está el misterio. Pero si escuchamos con atención toda la frase, descubrimos algo interesante: el primer verbo es “tomad”. Ahí empieza el movimiento. Jesús no dice simplemente: “mirad”, “adorad”, “contemplad”. Dice algo mucho más comprometedor: «tomad». Como si dijera: esto no es para quedarse quietos delante… es para que entre en vuestra vida.

Porque, pensándolo bien, ¿de qué serviría un Pan – aunque fuera el mismo Dios – si permaneciera encerrado en el sagrario, visitado de vez en cuando, perfumado con incienso, pero incapaz de cambiar la vida de quien lo recibe? Jesús no vino al mundo para multiplicar ritos. Vino para que el ser humano aprendiera a vivir de verdad. Por eso insiste con dos gestos muy concretos: «Tomad y comed», «tomad y bebed». Son dos invitaciones.

Cuando Jesús dice que quien come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna, no está hablando sólo del cielo futuro, como si fuera una recompensa acumulada para el final del camino. La vida eterna empieza ahora.Es la vida verdadera: una vida libre, auténtica, capaz de levantarse después de caer, una vida que ama, que se arriesga, que hace cosas que merecen no morir.

El salmo 33 lo expresa con una pregunta que parece escrita para cualquier persona que mira su vida con ganas: ¿Hay alguien que ame la vida y desee días felices?

La respuesta sale sola: «Sí. Yo quiero vivir. Quiero saborear la vida. Quiero días largos y felices para mí y para los que amo». Y la respuesta de Dios a ese deseo tiene un nombre: Jesús.

Porque Jesús no nos da una teoría sobre la vida. Nos da su propia vida. Cuando dice «este es mi cuerpo», no está hablando sólo del pan. Está entregando toda su historia: sus manos de carpintero que huelen a madera, sus pies llenos de polvo por los caminos de Galilea, sus lágrimas frente al dolor humano, sus amistades, sus comidas compartidas, sus pasiones, sus heridas. En otras palabras: su manera de vivir la vida humana.

Y aquí aparece algo que a veces se nos escapa. Jesús no dice: “Tomad mi sabiduría” o “admirad mi santidad”. Dice algo mucho más cercano: «Tomad mi vida».Tomad mi manera de amar, mi forma de mirar a las personas, mi manera de caminar por este mundo. Como alimento, como levadura, como fuerza interior.

Por eso la Eucaristía no es simplemente “hacer la comunión”. Es dejarnos transformar. Es permitir que en nuestras venas empiece a circular algo de la vida de Cristo. Que su valentía, su compasión y su libertad encuentren espacio en nuestro corazón.

La espiritualidad del Sagrado Corazón siempre ha visto en la Eucaristía precisamente eso: el Corazón de Cristo abierto y ofrecido al mundo. Julio Chevalier lo expresaba con palabras muy sencillas: «Jesucristo revela la bondad de su Corazón en la Eucaristía. Su Corazón rebosa de amor en todo momento. Así será hasta el final de los tiempos». La Eucaristía es el lugar donde ese Corazón sigue latiendo. Donde sigue partiéndose. Donde sigue entregándose. Y entonces uno empieza a entender el sentido profundo del sexto punto de nuestro decálogo: «Celebrar y cuidar la Eucaristía como fuente de mi vocación, participando con frecuencia y dejando que Cristo parta mi vida para los demás». Porque al final la Eucaristía nos conduce siempre a una pregunta muy concreta: ¿qué voy a hacer con la vida que estoy recibiendo?

Quien se alimenta del Pan de Cristo está llamado, poco a poco, a convertirse en lo mismo que recibe. Pan bueno para alguien. Pan para la hambre de este mundo. Pan para la paz de este mundo.
Pan para el cansancio de alguien que necesita una palabra, una escucha, una mano. Tal vez ese sea el verdadero milagro de la Eucaristía: no irnos de este mundo sin haber llegado a ser, alguna vez, pan bueno para alguien.

 

Señor Jesús,
Pan partido para la vida del mundo,
enséñanos a acercarnos a tu mesa con un corazón abierto y disponible.

Haz que tu vida circule en la nuestra,
que tu modo de amar transforme el nuestro y que,
alimentados por tu Eucaristía,
aprendamos poco a poco a partir también nuestra vida para los demás.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.