Nadie se salva solo
Buscar acompañamiento espiritual, para discernir mi camino, escuchar la voz de Dios y no caminar solo.
Hay imágenes que uno sabe que no olvidará nunca. Yo estaba en Santiago de los Caballeros, en la República Dominicana. Era mi año de noviciado. La vida tenía un ritmo sencillo: oración, estudio, comunidad, silencio, formación… ese tipo de tiempo en el que uno intenta escuchar con más claridad qué quiere Dios de su vida. Y entonces llegó la pandemia.
Recuerdo perfectamente aquel 27 de marzo de 2020. En la televisión del noviciado vimos algo que parecía casi irreal: la Plaza de San Pedro completamente vacía. Llovía. El cielo estaba oscuro. El mundo entero estaba encerrado en casa, paralizado por el miedo y la incertidumbre. En medio de ese silencio impresionante apareció el papa Francisco, caminando solo por la plaza. Nunca olvidaré aquella escena.
Parecía que hablaba al mundo entero desde una plaza vacía. Y en medio de su reflexión dijo una frase que se quedó grabada en la memoria de muchos: «Nadie se salva solo». Aquella frase era sencilla. Pero decía algo profundamente verdadero. La pandemia nos hizo descubrir algo que siempre había estado ahí: nuestra vida está profundamente unida a la de los demás.
Nos necesitamos. Nos sostenemos. Nos salvamos juntos.
Más tarde el papa Francisco retomaría esa misma idea en su encíclica sobre la fraternidad: «Nadie puede enfrentar la vida aislándose. Necesitamos una comunidad que nos sostenga».
En el fondo, esto no es una idea nueva. Dios nunca ha querido salvar a las personas de manera aislada. Desde el principio de la Biblia, Dios llama a un pueblo. Abraham no camina solo; Israel no camina solo; la Iglesia no camina sola. La fe siempre tiene forma de camino compartido. Jesús mismo lo hizo así.
Podría haber elegido vivir su misión solo, como un maestro solitario. Pero no lo hizo. Llamó a doce discípulos. Caminó con ellos, comió con ellos, discutió con ellos, los corrigió, los animó. La vida cristiana nunca fue pensada como una aventura individualista…¡es más bien como una travesía en equipo! Esto lo entendemos muy bien cuando pensamos en el deporte. Ningún atleta llega lejos completamente solo. Detrás de cada victoria hay entrenadores, compañeros, personas que animan, que corrigen, que empujan cuando llegan los momentos difíciles. En la vida espiritual ocurre algo parecido. Hay momentos en los que uno no ve claro, momentos en los que se cansa, momentos en los que se pierde. Y entonces necesitamos a alguien que nos ayude a mirar la vida con más verdad.
Hace un par de meses al grupo de Hakuna Profesionales que sigo en la parroquia di una charla sobre una charla de José Pedro Manglano que me hizo pensar mucho. Comentaba un libro de Kiko Argüello lleno de anotaciones espirituales. Decía que en ese libro el primer punto era muy sorprendente. Solo seis palabras.
Una pregunta y una respuesta.
¿Qué es ser cristiano? Tener discernimiento.
Al principio puede sonar extraño. Si a cualquiera le preguntaran en la universidad o en el trabajo qué significa ser cristiano, probablemente hablaría de muchas cosas: creer en Dios, seguir a Jesús, ir a misa, vivir el Evangelio…
Pero Manglano decía algo muy profundo: ser cristiano es aprender a discernir. Es decir, aprender a reconocer la voz de Dios en medio de la vida. Para explicarlo evocaba una imagen muy conocida de la Capilla Sixtina: el dedo de Dios tocando el dedo de Adán. Ese gesto recuerda que la vida humana viene de Dios. Pero la fe cristiana va aún más lejos: Dios no solo nos da la vida al principio. Dios sigue actuando dentro del corazón humano. San Pablo lo expresa de una manera impresionante: «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar según su designio». Dios no está lejos. Dios actúa dentro de nuestra historia; Él habla, sugiere, invita, espera porque el Espíritu Santo está continuamente trabajando en el corazón humano. ¡El problema es que muchas veces no sabemos escucharlo! La tradición espiritual cristiana siempre ha hablado del hombre interior. Ese lugar profundo donde se encuentran nuestras decisiones, nuestros deseos, nuestras luchas… y donde Dios habla.
San Agustín lo expresaba así: «No salgas fuera de ti; entra dentro de ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad». Pero entrar en el propio corazón no siempre es fácil. A veces estamos demasiado ocupados, demasiado distraídos, demasiado llenos de….bueno, llenos de todo. Por eso la tradición cristiana habla también de ascesis, que significa “entrenamiento”. No en el sentido de superar un límite personal, como en el deporte, sino en el sentido de aprender a reconocer la acción de Dios en la vida.
Mirar lo que sucede – una alegría, una crisis, una decisión importante, un fracaso, una herida – y preguntarse: ¿Qué me está diciendo Dios aquí? Porque incluso en las situaciones más difíciles, Dios sigue trabajando. Los padres del desierto lo sabían bien. Un antiguo relato atribuido a Macario de Egipto cuenta la historia de un monje que atraviesa una crisis profunda. Se siente débil, tentado, incapaz de continuar su camino. Solo cuando atraviesa esa oscuridad descubre algo esencial: la fuerza que sostiene su vida no viene de él mismo, sino de Dios. A veces el discernimiento nace justamente ahí. En medio de una ruptura. De un fracaso. De una crisis. Si no hay discernimiento, uno se queda atrapado en el enfado o en la queja. Pero cuando el corazón se abre, aparece una pregunta nueva: ¿Qué está haciendo Dios aquí? Y aquí aparece algo muy importante. Discernir no es algo que debamos hacer completamente solos. La tradición de la Iglesia siempre ha valorado mucho el acompañamiento espiritual.
Santa Teresa de Ávila lo decía mas o menos con estas palabras: «Quien no tiene maestro, se queda sin camino». El acompañamiento espiritual no sustituye nuestra libertad. Al contrario: la ilumina. Nos ayuda a ver lo que solos no vemos. A reconocer las trampas del ego. A descubrir las llamadas de Dios.
José Pedro Manglano proponía tres medios muy sencillos para crecer en discernimiento: El acompañamiento espiritual, para reconocer la acción de la gracia. El silencio, para escuchar la voz de Dios en el corazón. Y preguntar a Dios en lo concreto, incluso en las pequeñas decisiones. Porque la vida cristiana, en el fondo, es una historia de amor. Y en toda historia de amor hay una pregunta que vuelve una y otra vez: ¿Qué quieres tú? Por eso el Libro de Vida de los jóvenes de la Familia Chevalier propone algo muy concreto: «Buscar acompañamiento espiritual, para discernir mi camino, escuchar la voz de Dios y no caminar solo». La vida espiritual es un camino de discípulos que caminan juntos. Que se ayudan. Que se corrigen. Que se animan. Que se sostienen cuando llega la noche. Porque, al final, la frase del papa Francisco sigue siendo verdad: nadie se salva solo.
Señor Jesús,
tú que llamaste a los discípulos para caminar contigo,
enséñame a no recorrer solo el camino de la vida.
Dame un corazón humilde capaz de escuchar,
capaz de dejarse acompañar, capaz de discernir tu voz.
Que en medio de las decisiones, de las dudas y de las búsquedas de mi vida, aprenda siempre a preguntarte:
Señor, ¿qué quieres tú de mi?
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.