Misión en zapatillas

Vivir la misión allí donde esté:
en el estudio, el trabajo, la amistad, la fiesta y el descanso, siendo presencia de vida y esperanza.

Hace poco escuché a un joven decir algo que me hizo sonreír: «Padre, yo no soy misionero… yo sólo estudio».

Lo decía con total naturalidad. Como si la misión fuera algo reservado para gente muy especial: los que se van a países lejanos, los que predican desde un púlpito, los que hacen cosas extraordinarias. Pero la verdad es que el Evangelio tiene otra lógica. La mayoría de las veces la misión empieza mucho más cerca de casa. Empieza en lugares donde nadie diría que está pasando algo “misionero”: en un aula, en una mesa de trabajo, en una conversación entre amigos, en una cena de familia, en una fiesta, incluso en un momento de descanso. Jesús mismo vivió así. Pasó la mayor parte de su vida en lo ordinario. Treinta años en Nazaret, trabajando, viviendo entre la gente, compartiendo la vida cotidiana de un pequeño pueblo. No fue un predicador a tiempo completo desde el primer día. Antes fue un hombre que aprendió a habitar la vida normal. Y quizás ahí está una de las primeras lecciones de la misión.

La misión no empieza cuando hacemos cosas extraordinarias. Empieza cuando vivimos de una manera distinta las cosas ordinarias. Por eso el séptimo punto de nuestro decálogo lo dice de forma muy concreta: «Vivir la misión allí donde esté: en el estudio, el trabajo, la amistad, la fiesta y el descanso, siendo presencia de vida y esperanza».

Es una frase sencilla, pero muy seria. Porque significa que no hay lugares neutros para el Evangelio. Toda la vida puede convertirse en espacio de misión. Un aula puede ser misión. Un lugar de trabajo puede ser misión. Una amistad puede ser misión. Incluso una fiesta con un par de cañitas frescas puede ser misión. No porque vayamos por ahí dando sermones a todo el mundo – ¡eso normalmente no funciona! –  sino porque la fe cambia la manera de estar en el mundo.

Un cristiano en una universidad, por ejemplo, no es alguien que simplemente acumula conocimientos. Es alguien que estudia con pasión, con honestidad, con respeto por la verdad. Alguien que no pisa a los demás para llegar más alto. Un cristiano en el trabajo no es alguien que sólo cumple un horario. Es alguien que intenta trabajar bien, que no vive de trampas, que sabe colaborar, que no pierde la humanidad en medio de la presión. Un cristiano en la amistad es alguien que cuida, que escucha, que permanece cuando las cosas se complican. Y sí, también un cristiano en una fiesta sigue siendo cristiano.

Eso significa saber alegrarse, celebrar la vida, compartir momentos de amistad… pero sin perder nunca el respeto por uno mismo ni por los demás. La fe no apaga la alegría; al contrario, la hace más limpia, más profunda, más libre. La misión empieza exactamente cuando el Evangelio se vuelve visible en la forma de vivir.

Muchas veces los jóvenes piensan que evangelizar significa convencer a alguien con argumentos. Pero el Evangelio suele avanzar de otra manera. Avanza cuando alguien ve tu manera de vivir y se pregunta: 

¿Por qué esta persona es así?
¿Por qué no entra en ciertos juegos?
¿Por qué sabe pedir perdón?
¿Por qué no pierde la esperanza cuando las cosas se complican?

Esas preguntas abren puertas.

Y entonces, a veces, llega el momento de decir una palabra sencilla sobre la fe. Pero lo primero es siempre la vida. La espiritualidad del Sagrado Corazón tiene algo muy bello que decir aquí. El Corazón de Cristo no ama desde lejos. Ama desde dentro de la vida humana: en las casas, en los caminos, en las mesas compartidas, en los encuentros cotidianos. Seguir a Jesús – y lo vamos reiterando bastante en este texto – significa aprender a mirar el mundo con ese mismo corazón, porque esta mirada lo  cambia todo. De repente uno descubre que la universidad está llena de personas que necesitan ánimo. Que en el trabajo hay gente que vive muy sola. Que entre los amigos hay heridas que nadie se atreve a nombrar. Y como por magia, la misión deja de ser una teoría.

Se vuelve algo muy concreto:una palabra que anima, una presencia que acompaña, una amistad que sostiene, una alegría que contagia. Quizá por eso este capítulo se llama “misión en zapatillas”. Porque la misión no empieza cuando uno se pone botas de explorador para ir muy lejos.

Empieza cuando uno se levanta por la mañana, se calza las zapatillas… y decide vivir ese día con el corazón de Cristo en medio de la vida normal.

 

Señor Jesús,
que caminabas por los caminos del mundo como uno más entre la gente,
enséñanos a descubrir que también nuestra vida cotidiana puede ser lugar de misión.

Haznos presencia de esperanza en el estudio, en el trabajo, en la amistad y en todos los momentos de la vida.

Y que, dondequiera que estemos,
sepamos llevar un poco de tu luz al corazón de los demás.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.