Mirar el corazón

Mirar a las personas con el Corazón de Jesús: detenerme, escuchar, sonreír, no pasar de largo ante nadie, especialmente ante quien sufre.

Mi hobby preferido cuando voy en metro es mirar a la gente. No de forma curiosa o indiscreta, sino intentando imaginar un poco la historia que hay detrás de cada rostro. A veces intento elegir a dos o tres personas y rezar por ellas durante el día.

La última vez, antes de sentarme a escribir estas pobres líneas, me fijé en tres personas.

La primera era un chico joven con auriculares enormes. Tenía la mirada perdida en la ventana del vagón, como si estuviera muy lejos de allí. Quizá estaba pensando en un examen, en una discusión, o simplemente en lo complicado que a veces se vuelve la vida cuando uno tiene veinte años.

La segunda era una mujer mayor con una bolsa de la compra. Miraba el móvil con mucha atención, como si esperara un mensaje importante.

La tercera era un hombre con traje, claramente cansado, con esa expresión que muchos tenemos al final del día cuando sentimos que todo pesa un poco más de lo normal.

Y mientras los miraba pensé algo bastante simple: no tengo ni idea de quiénes son realmente. Podría imaginar mil historias. Pero la verdad es que no sé nada. Y sin embargo Dios sí.

En la Biblia hay una frase que siempre me ha impresionado mucho. Aparece cuando el profeta Samuel busca al nuevo rey de Israel. Samuel mira al hijo mayor de Jesé y piensa: «Este tiene pinta de rey». Pero Dios lo detiene y le dice algo que cambia completamente la lógica humana:

«El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón». Ahí empieza una de las grandes revoluciones del Evangelio. Porque seguir a Cristo no consiste solo en hacer cosas buenas. Consiste en aprender a mirar como Él. Y eso, curiosamente, es mucho más difícil de lo que parece.

Uno de los momentos más hermosos del Evangelio ocurre cuando Jesús se encuentra con Pedro después de su negación.

Pedro ha prometido fidelidad absoluta. Y pocas horas después dice tres veces: «No lo conozco». El evangelista Lucas describe lo que sucede inmediatamente después: «El Señor, volviéndose, miró a Pedro». Nada más. No hay discurso. No hay reproche. Solo una mirada. Y esa mirada rompe el corazón de Pedro. Relata el evangelista Lucas: «y saliendo fuera, lloró amargamente».

Los Padres de la Iglesia han comentado muchas veces este momento. San Ambrosio de Milán escribe: «Pedro lloró porque el Señor lo miró. La mirada de Cristo corrige sin humillar». Jesús no mira para condenar. Mira para despertar el corazón. Si somos sinceros, muchas veces nuestra mirada funciona al revés. Vemos primero los defectos. El compañero pesado. El profesor injusto. El amigo que falla. La persona que piensa diferente. Incluso con nosotros mismos hacemos lo mismo. Miramos nuestras caídas, nuestras inseguridades, nuestros errores… y pensamos que eso define quiénes somos. Pero el Corazón de Jesús ve más lejos. El padre Julio Chevalier lo explicaba con gran claridad: «El Corazón de Jesús es la revelación más perfecta del amor de Dios por los hombres». Si el cristianismo comienza con el amor, entonces también nuestra mirada tiene que aprender a amar. Un joven de la Familia Chevalier no está llamado simplemente a hacer cosas buenas. Está llamado a algo más profundo: a mirar el mundo con el corazón de Cristo. Eso cambia muchas cosas. Cuando miras así: ves una historia detrás de cada persona, ves heridas donde antes solo veías actitudes, ves preguntas donde antes veías indiferencia. Y, sobre todo, descubres que Dios ya está trabajando en el corazón de las personas mucho antes de que tú llegues.

El Papa Francisco lo expresó así: «Dios nos primerea». Es decir: Dios siempre llega primero.

El segundo punto del Libro de Vida invita precisamente a educar la mirada: 

Mirar a las personas con el Corazón de Jesús: detenerme, escuchar, sonreír, no pasar de largo ante nadie, especialmente ante quien sufre.

Mirar a Dios cada día.
Mirar a los demás con respeto.
Mirar la propia vida con esperanza.

Puede parecer algo pequeño pero cambiar la mirada cambia la vida. Porque cuando empiezas a mirar con el corazón de Cristo, descubres que el mundo está lleno de historias que esperan ser amadas.

 

Señor Jesús, enséñame a mirar como Tú.
A veces veo solo defectos, apariencias, errores.
Pero tu mirada ve más profundo.

Dame un corazón capaz de reconocer el bien, de levantar al que cae, y de descubrir tu presencia en cada persona. Que mi mirada aprenda a parecerse a la tuya.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.