Entrañas de misericordia

Vivir con entrañas de misericordia: hacerme cercano a los pobres, a los solos, a los descartados, y cargar con ellos en la oración y en la vida

Hay palabras del Evangelio que nos descolocan un poco. Una de ellas es “misericordia”.

No es una palabra muy moderna. No aparece mucho en las conversaciones del metro, ni en los debates políticos, ni en los titulares de los periódicos. Y, sin embargo, es una de las palabras que mejor describen el corazón de Dios. En la Biblia, cuando se habla de misericordia, no se habla solo de un sentimiento bonito. El término hebreo que muchas veces está detrás de esta palabra es raḥamîm, que literalmente significa entrañas. Es decir: algo que nace de lo más profundo. No es una compasión superficial. Es un movimiento del corazón que te empuja a acercarte al que sufre. Jesús vivía así. El Evangelio repite muchas veces que, al ver a la gente, se conmovía profundamente. Por ejemplo: «Al ver a la multitud, se compadecía de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor».

Jesús no miraba a la gente desde arriba. No analizaba los problemas desde la distancia. Se acercaba. Tocaba. Escuchaba. Se dejaba afectar por el dolor y la pobreza de los demás.

Cuando hablamos de “pobreza”, muchos pensamos inmediatamente en la pobreza material. Y es verdad: en el mundo siguen existiendo situaciones de injusticia y necesidad que claman al cielo. Pero si miramos más atentamente, descubrimos que hoy existen muchas otras pobrezas. Hay jóvenes que tienen todo lo necesario para vivir… y, sin embargo, se sienten profundamente solos. Hay personas rodeadas de gente que, en el fondo, sienten que nadie las conoce de verdad. Hay corazones heridos por rupturas, por fracasos, por historias familiares complicadas. Hay personas que han perdido el sentido de la vida. Que viven sin esperanza. Que ya no esperan nada de nadie.

Entonces, la pobreza del mundo no es solo económica. También existe la pobreza de quien no se siente amado, de quien no encuentra sentido, de quien vive encerrado en su propia tristeza.

Y muchas veces estas pobrezas están muy cerca de nosotros. En la universidad, en el trabajo, en nuestra propia familia, en el grupo de amigos. La espiritualidad del Sagrado Corazón nace precisamente aquí.

No es una espiritualidad que se quede encerrada en prácticas religiosas o en devociones bonitas. Es una espiritualidad que nos empuja a mirar el mundo con el mismo corazón de Cristo. El padre Julio Chevalier lo decía con una claridad impresionante: «Los pobres son los amigos privilegiados del Corazón de Jesús. ¿Podemos permanecer insensibles a su pobreza material y espiritual? Deberíamos ver en ellos la imagen viva de Jesucristo».

Esta frase cambia completamente nuestra manera de mirar. El pobre no es un problema que resolver. Es un rostro que encontrar. Es alguien en quien Cristo mismo sale a nuestro encuentro. Tal vez por eso Jesús fue tan radical cuando habló del juicio final: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber… cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

El Evangelio no nos permite mirar hacia otro lado.

En la espiritualidad del Corazón de Jesús hay una palabra muy importante: reparación. A veces se ha entendido de manera demasiado estrecha, como si reparar significara solamente rezar ciertas oraciones o hacer prácticas de piedad. Pero en la intuición profunda del padre Chevalier la reparación es mucho más concreta. Reparar significa amar donde falta amor. Reparar significa hacerse cercano donde otros pasan de largo. Reparar significa cargar con el dolor de los demás. En otras palabras: reparar es vivir como vivió Jesús. Por eso Chevalier escribía también:

«Debemos dedicarnos a los pobres. El ejemplo de Jesús nos obliga a ello. Una palabra que viene del corazón, dicha con interés, con amor y compasión, los llena de consuelo».

A veces pensamos que para cambiar el mundo hacen falta grandes proyectos. Pero muchas veces el Evangelio empieza con cosas mucho más sencillas. Una palabra que anima, una escucha sincera, una presencia que no abandona…pequeños gestos que nacen de un corazón que ha aprendido a amar.

En el fondo, este punto del Libro de Vida nos invita a algo muy concreto:

«Vivir con entrañas de misericordia: hacerme cercano a los pobres, a los solos, a los descartados, y cargar con ellos en la oración y en la vida».

No se trata solo de hacer cosas por los demás. Se trata de dejar que  nuestro corazón se ensanche. Se trata de permitir que el dolor del mundo no nos deje indiferentes.

Contemplando el Corazón de Jesús, descubre un corazón que nunca pasa de largo.Un corazón que se detiene, que escucha, que levanta, que acompaña. Y cuando ese corazón empieza a latir también dentro de nosotros, entonces la fe deja de ser solo una devoción a olor de incienso. Se convierte en vida.

 

Señor Jesús,
tú que mirabas a cada persona con entrañas de misericordia,
enséñame a mirar el mundo con tu corazón.

Abre mis ojos para reconocer a los pobres,
a los solos, a los que sufren en silencio.

Que no pase de largo ante el dolor de mis hermanos.

Dame un corazón capaz de amar, de acercarse, de consolar.
Y haz de mi vida una pequeña respuesta al amor de tu Corazón.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.