Dejarse amar
Dejarse amar por el Corazón de Jesús y responder a su amor con toda la vida.
Hay algo curioso en el corazón humano. Todos queremos ser amados. Todos lo buscamos de mil maneras. Pero cuando el amor llega de verdad… muchas veces nos cuesta creerlo. No sé si te ha pasado alguna vez. Cuando alguien te quiere de verdad, cuando alguien confía en ti, cuando alguien ve algo bueno en tu vida… dentro de ti aparece una pequeña voz que dice: «No será para tanto.», «si me conociera de verdad…», «seguro que se está equivocando». Nos pasa más de lo que pensamos.
Tal vez porque hemos crecido en un mundo donde el amor muchas veces se mide por resultados, éxito o apariencia. Si haces las cosas bien, vales. Si fallas, parece que vales menos. Pero el Evangelio rompe completamente esa lógica. Jesús no ama a las personas porque lo merezcan. Las ama porque su corazón es así. San Pablo lo dijo de una manera que todavía hoy sorprende: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».
Dios no esperó a que fuéramos perfectos para amarnos. Nos amó primero. Y aquí aparece una de las cosas más difíciles de la vida espiritual: dejarnos amar. Parece sencillo, pero no lo es. Muchos cristianos intentamos amar a Dios, servirle, hacer cosas buenas, mejorar nuestra vida… pero en el fondo seguimos pensando que tenemos que ganarnos su amor. Como si Dios fuera un profesor que corrige exámenes.
Sin embargo, el corazón del Evangelio es exactamente el contrario. San Juan lo dice con una frase que podría cambiar la manera en que miramos nuestra vida: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero». Antes de cualquier esfuerzo espiritual. Antes de cualquier propósito. Antes incluso de cualquier conversión. Dios ya nos ama. Si somos sinceros, muchas de nuestras resistencias espirituales nacen de aquí. No siempre tenemos miedo de Dios. A veces tenemos miedo de que Dios nos ame de verdad. Porque si Dios nos ama así, sin condiciones, entonces caen muchas máscaras. Ya no podemos escondernos detrás del personaje que hemos construido porque Jesús mira directamente al corazón.vPor eso, cuando en el Evangelio alguien se encuentra con él, casi siempre pasa algo muy profundo.
El publicano Zaqueo, que llevaba una vida bastante dudosa, se sube a un árbol solo para ver a Jesús pasar. Y Jesús, en lugar de reprocharle su vida, le dice algo inesperado: «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Jesús entra en su casa antes de que Zaqueo cambie de vida. Y ese gesto lo transforma todo. A veces pensamos que primero tenemos que cambiar para que Dios nos quiera. Pero en el Evangelio ocurre justo lo contrario: Dios nos ama… y ese amor nos cambia. El padre Julio Chevalier tenía muy clara esta intuición. Para él, el Corazón de Jesús no era solo una imagen piadosa, sino la revelación concreta del amor de Dios por cada persona. Escribía: «Nuestro corazón no tiene sólo necesidad de amar; experimenta también la necesidad de ser amado. Jesús anhela ser nuestro amigo, hacernos vivir con su vida. Volvámonos a Él en nuestras necesidades».
Un amigo que no se cansa de buscarnos. Un amigo que conoce nuestras heridas. Un amigo que no se escandaliza de nuestras fragilidades.Tal vez por eso la espiritualidad del Corazón de Jesús no empieza con grandes sacrificios o grandes compromisos. Empieza con algo mucho más sencillo… y mucho más difícil: dejarnos amar. Aceptar que somos queridos. Aceptar que nuestra vida importa. Aceptar que incluso nuestras heridas pueden convertirse en lugar de encuentro con Dios. El punto 4 del Libro de Vida que inspira este capítulo lo dice con mucha belleza: «Dejarse amar por el Corazón de Jesús y responder a su amor con toda la vida». El orden es importante. Primero dejarnos amar. Después responder. Porque cuando uno descubre que es amado de verdad, el corazón cambia espontáneamente. Amar deja de ser una obligación. Se vuelve una respuesta. Como escribió san Juan: «Nosotros amamos porque él nos amó primero». La consagración al Corazón de Jesús nace precisamente de aquí. No es un acto heroico. Es, en el fondo, una respuesta sencilla: “Si tú me amas así… entonces mi vida también quiere ser tuya”.
Hay una escena del Evangelio que siempre me conmueve cuando pienso en esto de dejarse amar. Sucede después de la resurrección. Pedro ha pasado por la noche más dura de su vida. Había prometido a Jesús fidelidad absoluta – “daré mi vida por ti” – y, sin embargo, todos conocemos la historia: lo negó tres veces.
¡Tres veces!!! No es un pequeño error. Es una caída que duele. De esas que uno recuerda durante años. Pedro vuelve al lago de Galilea. El mismo lugar donde todo había empezado. Y hace algo que muchos hacemos cuando no sabemos qué hacer con nuestra vida: volver a lo de antes. «Voy a pescar». Pero aquella noche no pescan nada.
Al amanecer aparece Jesús en la orilla. Los discípulos todavía no lo reconocen. Les dice que echen la red al otro lado de la barca. La red se llena de peces. Entonces Juan lo entiende y susurra: «Es el Señor».
Pedro, impulsivo como siempre, no espera a que la barca llegue a la orilla. Se lanza al agua y nada hacia Jesús. Cuando llegan, Jesús ya ha preparado un pequeño fuego con pan y pescado.
Es una escena de una sencillez impresionante. Después de todo lo que ha pasado -traición, miedo, cruz, muerte- Jesús no empieza con reproches. Empieza preparando el desayuno. Después del desayuno llega la pregunta. Jesús mira a Pedro y le dice: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Pedro responde: «Señor, tú sabes que te quiero». Jesús repite la pregunta. Y luego una tercera vez.
Tres preguntas. Como si Jesús estuviera sanando, una por una, las tres negaciones de aquella noche. A la tercera pregunta, el Evangelio dice algo muy humano: «Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez: “¿Me amas?”».
Entonces responde con una frase que a mí siempre me parece una de las más hermosas de todo el Evangelio: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Pedro ya no presume. Ya no promete heroicidades. Simplemente se deja mirar por Jesús. Y eso basta. Jesús no le dice: “Primero demuéstramelo”. Le dice: «Apacienta mis ovejas». Es decir: confía en él otra vez. Aquí hay una verdad muy profunda para nuestra vida espiritual.
Dios no nos ama porque seamos perfectos. Nos ama porque su corazón es amor. Y cuando finalmente aceptamos dejarnos amar así, algo cambia dentro de nosotros. El corazón se vuelve más libre, más humilde, más verdadero. Entonces empieza a nacer la única respuesta que tiene sentido: entregar la vida. No por obligación, sino por gratitud. Como escribió san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia».
Cuando uno descubre de verdad que es amado por Cristo, ya no puede vivir exactamente igual que antes. Algo dentro empuja a amar también.
A amar más. A amar mejor. A amar con el mismo corazón.
Y quizá eso es, en el fondo, la consagración al Corazón de Jesús: dejar que nuestra vida entera se convierta en respuesta a su amor.
Señor Jesús,
a veces intento demostrarte que soy fuerte, que soy fiel, que soy capaz.
Pero tú conoces mi corazón mejor que yo.
Hoy quiero simplemente quedarme delante de ti y escuchar tu pregunta. «¿Me amas?»
Tú lo sabes todo, Señor. Tú sabes que te quiero.
Enséñame a dejarme amar por tu Corazón y a responder a tu amor con toda mi vida.
Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.