La gran pregunta

Preguntarme con honestidad y valentía: «Señor, ¿qué quieres hacer con mi vida?», abriéndome a cualquier vocación que haga crecer la Vida en el mundo.

Hay una pregunta que todos hemos escuchado alguna vez.A veces en una comida familiar, o en el colegio o, simplemente, en una conversación aparentemente inocente: «¿Y tú qué quieres hacer con tu vida?» Al principio parece una pregunta normal. Incluso lógica. Los adultos la hacen con buena intención. Quieren saber qué vamos a estudiar, qué profesión nos gustaría tener, qué planes tenemos para el futuro. Pero si somos sinceros, muchas veces esa pregunta se convierte en una presión enorme. Porque detrás de ella no siempre hay solo curiosidad. Muchas veces también hay expectativas. Expectativas de los padres, expectativas de los profesores, expectativas de la sociedad.

De repente uno tiene dieciséis, diecisiete o veinte años… y parece que ya debería tener claro todo el mapa de su vida: Qué estudiar, dónde trabajar, qué tipo de éxito alcanzar, etc, etc. Y cuando uno no lo tiene claro, o cuando las cosas no salen como esperaba, puede aparecer algo muy peligroso: la frustración. Hay jóvenes muy capaces que terminan pensando que han fallado porque no han alcanzado las expectativas que otros habían puesto sobre ellos. Otros viven atrapados en la comparación constante. Siempre hay alguien que parece ir más rápido. Alguien que tiene más talento. Alguien que parece tener la vida más resuelta. Y poco a poco el corazón puede empezar a creer una mentira muy antigua: que nuestra vida vale solo si funciona. El Evangelio nos propone una pregunta distinta. No empieza preguntando: «¿Qué vas a hacer con tu vida?». Empieza preguntando: «¿Qué quiere Dios hacer con tu vida?». La diferencia es enorme. Porque en la primera pregunta todo depende de nosotros: de nuestras capacidades, de nuestros logros, de nuestra inteligencia, de nuestra suerte. En la segunda aparece un diálogo. La vida deja de ser un proyecto solitario. Se convierte en una historia compartida con Dios. San Pablo vivió esa experiencia de una manera muy fuerte. Camino de Damasco, cuando su vida da un giro completo, pronuncia una pregunta que es, en el fondo, la gran pregunta de toda vocación: «Señor, ¿qué quieres que haga?». No pregunta: «¿Qué quiero yo?». Pregunta: «¿Qué quieres tú?» Ahí empieza el discernimiento vocacional.

Cuando hablamos de vocación, a veces pensamos en algo que limita la libertad. Como si Dios tuviera un plan secreto para nuestra vida y nosotros tuviéramos que descubrirlo para no equivocarnos. Pero la vocación cristiana no funciona así. La vocación no es una jaula. Es una llamada a la plenitud. El Concilio Vaticano II lo explicó con palabras muy profundas: «El hombre… no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo».

La vida humana florece cuando se convierte en don. Cuando uno descubre que su existencia no está hecha solo para acumular experiencias o éxitos, sino para dar vida a otros. Por eso el punto noveno del Libro de Vida habla de abrirse a cualquier vocación que haga crecer la vida en el mundo. No se trata solo de elegir una profesión. Se trata de descubrir cómo quiere Dios amar al mundo a través de nosotros.

Ese camino puede tomar muchas formas. Para algunos será el matrimonio y la familia. Para otros, el sacerdocio o la vida consagrada. Para otros, una vida laical profundamente entregada al servicio del Evangelio en medio del mundo. No se trata de vocaciones mejores o peores. Se trata de caminos distintos por los que el amor de Dios puede hacerse visible en la historia.

El papa Francisco lo dice de una manera muy bonita cuando habla de la vocación: «La vocación es el sueño de Dios para cada uno de nosotros». Descubrir la vocación no es resolver un problema. Es descubrir un sueñ; el sueño que Dios tiene para nuestra vida. A veces los jóvenes tienen miedo de hacerse esta pregunta. Porque temen la respuesta. Tal vez Dios les pedirá algo grande. Tal vez les pedirá salir de su zona de confort. Pero la verdadera pregunta no es si la llamada será fácil o difícil. La verdadera pregunta es si será verdadera. Y cuando una persona descubre su verdadera vocación, incluso en medio de las dificultades, aparece algo muy profundo: una alegría que no depende del éxito exterior. Jesús lo expresó de una manera muy simple: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón».

La vocación es justamente eso: encontrar el lugar donde el corazón puede entregarse de verdad.

Por eso el noveno punto del Libro de Vida propone: «Preguntarme con honestidad y valentía: «Señor, ¿qué quieres hacer con mi vida?», abriéndome a cualquier vocación que haga crecer la Vida en el mundo».

Preguntar por la vocación no significa tener todas las respuestas. Significa simplemente abrir el corazón a la posibilidad de que Dios tenga algo hermoso preparado para nuestra historia. Y tal vez ese sea uno de los actos más valientes que cada uno de nosotros puede hacer.

Señor Jesús,
tú que conoces mi historia mejor que nadie,
entra en mi corazón y enséñame a escuchar tu voz.

Líbrame del miedo y de las expectativas que no vienen de ti.

Dame un corazón disponible
para preguntarte con sinceridad:

Señor, ¿qué quieres hacer con mi vida?

Y concédeme la valentía de seguir el camino
que haga crecer más la vida y el amor en el mundo.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío.