Aquí estoy

Comenzar cada día diciéndole a Dios: «Aquí estoy». Ofrecerle mi vida tal como es, con lo que soy y lo que todavía no soy.

Marco tenía veintidós años y tres pestañas abiertas en el ordenador. En la primera: un máster que no sabía si quería hacer. En la segunda: un vídeo motivacional que prometía ayudarte a «descubrir tu propósito en cinco pasos». En la tercera: Instagram. Había pasado casi una hora mirando historias de gente aparentemente feliz: viajes, parejas perfectas, carreras brillantes. Todo el mundo parecía tener claro qué hacer con su vida. Menos él. Cerró el portátil, suspiró y dijo en voz baja: «Señor… ¿qué se supone que tengo que hacer con mi vida?».

Silencio.

No hubo truenos. Ni una voz celestial. Ni un ángel entrando por la ventana. Pero en su interior apareció una intuición simple, casi ridícula de lo sencilla que era: «empieza por estar aquí. No hace falta resolverlo todo. No hace falta entenderlo todo». Solo decir: «Aquí estoy».

Y aunque parezca poca cosa, todas las vocaciones comienzan así. Con una palabra sencilla delante de Dios: «Aquí estoy».

Si miro mi propia historia, descubro que mi vocación también empezó de esa manera, poco a poco, casi sin darme cuenta. Hay una frase del salmo que resume bien lo que ha sido mi camino: «Cantaré eternamente la misericordia del Señor». Porque mi vocación no nació primero de una decisión heroica, sino de una experiencia: descubrir que Dios me amaba antes de que yo supiera qué hacer con mi vida. Antes de entender la fe con la cabeza, la sentí con el corazón. Y el primer idioma con el que Dios me habló fue la música. Entre partituras, coros y años de conservatorio fui intuyendo que la belleza no era casual: parecía señalar hacia Algo – o mejor, hacia Alguien – más grande.

Durante mucho tiempo viví lo que llamo con una sonrisa la vida del “católico de domingo”: bautismo, comunión, confirmación y misa dominical. Hasta que un día mi párroco me lanzó una pregunta sencilla: «¿Has pensado en ser sacerdote?».

No supe qué responder. Pero aquella pregunta empezó a resonar dentro de mí como una nota que no desaparece hasta encontrar su armonía. Con el tiempo descubrí la espiritualidad de los Misioneros del Sagrado Corazón y entendí algo que cambió mi manera de mirar la vocación: antes de sentirme enviado, me había sentido profundamente amado. Y quizá ahí está el secreto de todo «Aquí estoy». No nace del esfuerzo, sino mas bien nace del agradecimiento. Cuando uno descubre que su vida está sostenida por la misericordia de Dios, entonces el corazón empieza a responder casi sin darse cuenta: «Señor… aquí estoy».

La Biblia está llena de personas que, como mi amigo Marcos y un servidor, no tenían la vida resuelta.

Abraham tenía setenta y cinco años cuando Dios le pidió que se pusiera en camino.

«El Señor dijo a Abram: «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.» Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Tenía Abram 75 años cuando salió de Jarán».

Moisés tenía miedo de hablar en público.

«Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El ángel del Señor se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Cuando vio el Señor que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!» El respondió: «aquí estoy». Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios. Dijo Yahveh: «Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. Ahora, pues, ve; yo te envío a Faraón, para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto…Dijo Moisés al Señor: «¡Por favor, Señor! Yo no he sido nunca hombre de palabra fácil, ni aun después de haber hablado tú con tu siervo; sino que soy torpe de boca y de lengua».

Jeremías pensaba que era demasiado joven.

«Entonces me fue dirigida la palabra del Señor en estos términos: Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí. Yo dije: «¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho.» Y me dijo el Señor: No digas: «Soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás».  

Y aun así, todos dijeron una palabra que cambió su historia.

Isaías la dijo así: «Aquí estoy, envíame». No dijo: «Aquí está mi plan estratégico». Ni tampoco: «Aquí está la vida que quiero». Dijo algo mucho más arriesgado: «Aquí estoy yo».

Los jóvenes de hoy tienen más oportunidades que cualquier generación anterior. Podemos estudiar en otro país. Cambiar de trabajo varias veces. Reinventarnos. Pero hay un problema curioso: cuanto más opciones hay, más difícil se vuelve decidir. Muchos jóvenes viven en una especie de sala de espera existencial. Esperan el momento perfecto, la señal perfecta, la certeza perfecta. El problema es que la vocación rara vez funciona así. La vocación empieza con algo mucho más humilde: un corazón que se pone delante de Dios y dice: «Señor, aquí estoy».

Ademas,  existe un malentendido bastante común. Pensamos que Dios llama a los más fuertes, a los más inteligentes o a los que tienen la fe más sólida. Pero basta abrir el Evangelio para descubrir que Dios tiene un gusto curioso para elegir colaboradores.

Pedro es impulsivo. El Evangelio nos lo muestra así muchas veces: apasionado, directo, capaz de los gestos más hermosos… y también de los errores más dolorosos. Ama a Jesús con todo el corazón, pero a veces su corazón corre más rápido que su comprensión. El actor italiano Roberto Benigni describió esta humanidad de Pedro con su estilo apasionado durante un espectáculo dedicado al apóstol en los Jardines Vaticanos, realizado en el marco del Jubileo de la Esperanza 2025. Con su mezcla de humor, dramatismo y profundidad espiritual, Benigni invitaba a mirar de frente la noche más dura del primer apóstol: 

«Y mientras va hacia Jerusalén con Jesús, Pedro todavía no lo sabe, pero también él está a punto de afrontar la prueba más dura, la más terrible. Está a punto de arruinarlo todo, y con la acción más fea, la peor que se pueda imaginar. Sucede en Jerusalén. Escuchad. Dos días antes de la Pascua, Jesús – que sabe que ha llegado su hora, porque quieren matarlo- reúne a los apóstoles a su alrededor. Un gesto increíble: se levanta, se ciñe una toalla, toma una jofaina con agua y se arrodilla… y comienza a lavar los pies a sus discípulos. ¡Los pies! No las manos. No la cabeza. ¡Los pies! En aquella época lavar los pies era la tarea del último de los siervos. Y Jesús, el Maestro, se arrodilla ante cada uno de ellos. Es una revolución. Un terremoto. Y Pedro -ya lo conocemos- es impulsivo, directo, uno que dice lo que piensa. Cuando llega su turno se rebela: “Señor, ¿tú lavarme los pies a mí? ¡Jamás!” Pero Jesús le responde: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces Pedro, como los que aman de verdad y temen perder al amado, responde de golpe: “¡Entonces lávame entero! No solo los pies: también las manos y la cabeza”. Pero la noche no termina ahí. En Getsemaní, mientras Jesús ora angustiado, Pedro se duerme. Luego, cuando llegan a arrestar a Jesús, Pedro saca la espada y corta la oreja al siervo del sumo sacerdote. Y Jesús, una vez más, tiene que reparar el error de Pedro curando al hombre herido. Uno podría pensar que aquí Pedro ya ha tocado fondo. Que todo lo que podía hacer mal, lo ha hecho. Pero no. Lo peor todavía está por llegar». 

Y es que el Evangelio no es una colección de héroes perfectos. Es la historia de hombres reales: impulsivos como Pedro… o inseguros como Tomás. Porque después de Pedro, llegará también otro apóstol que lucha con su propio corazón: Tomás, el que duda.

«Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío».

U también Santiago y Juan quieren proponen a Jesús: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?».

Si Jesús estuviera seleccionando candidatos para una empresa, probablemente no habría elegido a ninguno de estos. Pero Dios no busca currículums perfectos. Busca corazones disponibles, gente autentica que desea primero y ante que todo dedicarse a cumplir la voluntad de Dios a través de la donaciones de sus vidas.

El padre Julio Chevalier lo había comprendido profundamente. Para él, el cristianismo no comienza con una idea ni con una obligación moral, sino con una experiencia de amor. «La religión cristiana es una obra de amor en su comienzo, desarrollo y fin». 

Si todo comienza con el amor, entonces la primera respuesta no es un plan. Es una disponibilidad. Cuando Julio Chevalier fundó los Misioneros del Sagrado Corazón en el siglo XIX, estaba convencido de que el mundo tenía un problema profundo.

Guerras.
Injusticias.
Frialdad espiritual.

Pero estaba igualmente convencido de que existía un remedio. «Jesús vino a restaurar todas las cosas… Este remedio es el amor de su Corazón». El mundo no cambia primero con estructuras. Cambia cuando un corazón humano entra en contacto con el Corazón de Cristo. Y ese encuentro empieza con una palabra: la misma que voy reiterando, casi de forma impulsiva en este capítulo, «Señor… aquí estoy».

El primer punto del Libro de Vida de los jóvenes de la Familia Chevalier propone algo muy sencillo.

Comenzar cada día diciéndole a Dios: «Aquí estoy». Ofrecerle mi vida tal como es, con lo que soy y lo que todavía no soy.

Puede parecer un gesto pequeño. Pero es profundamente revolucionario. Porque significa decir al Señor, que hoy quiero vivir contigo. Hoy quiero amar como Tú. Hoy quiero dejar que tu Corazón transforme el mío. No sabemos lo que traerá el día. Tal vez un examen difícil, una conversación incómoda, una alegría inesperada, un problema en el trabajo, un enfado en familia. Pero sabemos algo: no caminamos solos.

Decir «aquí estoy» tiene algo de locura. Porque significa aceptar que Dios puede llevarnos por caminos inesperados. Puede pedirnos perdonar cuando preferiríamos guardar rencor. Puede invitarnos a servir cuando preferiríamos descansar. Puede llamarnos a amar cuando sería más fácil pasar de largo. Pero hay una verdad sencilla que muchos descubren demasiado tarde: una vida sin vocación acaba siendo una vida pequeña. En cambio, una vida ofrecida a Dios puede convertirse en una aventura increíble.

Señor Jesús, a veces mi vida parece un mapa lleno de caminos que no sé elegir. Tengo sueños, dudas, miedos.
Pero hoy quiero dar un paso pequeño. 

Aquí estoy.
Con lo que soy.
Con lo que todavía no soy.
Con lo que espero llegar a ser.
Haz que mi corazón aprenda a escuchar el tuyo.


Sagrado Corazón del Jesús, en vos confío.